Monday, March 15, 2010

Desde Cuba :Esmelina, la Constitución y la basura



 Por Laritza Diversent
Esmelina Carreño, 49 años, es una negra gruesa de carnes flojas y andar cansino. Desde hace seis años vive en la Ciudad de La Habana. Nació en Santiago de Cuba, en medio del macizo montañoso de la Sierra Maestra. Es la octava de doce hermanos que viene a probar suerte en la capital de todos los cubanos.

Uno de ellos, que emigró hace 25 años, le resolvió el cambio de dirección. El trámite ante las autoridades demoró, pero gracias a la Virgen de la Caridad, consiguió trabajo. La situación está difícil en cualquier parte de la Isla, pero en La Habana, el dinero se gana más fácil.

Su meta es mejorar la vida de sus tres hijas y nietos. Aún no los puede traer consigo, pero cada tres meses con una vecina, trabajadora de un policlínico, resuelve un certificado médico por quince días. Así puede justificar dos semanas de ausencia en su centro laboral. No importa que el certificado le cueste 20 pesos cubanos (menos de un dólar). No es nada comparado con la posibilidad de matar la nostalgia y volver a ver a su familia.

A Esmelina no le preocupa que pronto cumplirá 50 años. Su preocupación es una sola: necesita una casa donde vivir sin sobresaltos en La Habana. Para lograr sabe que tiene que reunir suficiente dinero. Por eso, aprovecha sus viajes a las provincias orientales para traer café, cocoa y queso, que después revende a los habaneros.

Sabe que se arriesga. La policía le ha revisado hasta cuatro veces el equipaje en el trayecto desde Santiago de Cuba a La Habana, unos 800 kilómetros. Ya tuvo que pagar hasta mil 500 pesos de multa (alrededor de 45 dólares), por trasladar ‘mercancías prohibidas’, que casi siempre se las decomisan. Pero aprendió a camuflagearlas y logrado llegar con ellas a la capital.

Sus sueños han comenzado a materializarse. En seis años, ha reunido lo suficiente para comprar un terreno en la periferia de la ciudad, en una zona apartada del municipio Cotorro. El inmueble no tiene título de propiedad, es del Estado. El poseedor anterior lo tenía en usufructo desde hace más de 40 años y se lo vendió. Eso tampoco importa, después que haga su casa lo legaliza.

Con esfuerzo propio, yalevantó un cuarto y un baño. Como no tiene licencia, consiguió los materiales de construcción en el mercado negro. Para Esmelina es vital poder independizarse. Vive agregada en casa de su hermano mayor.

Ya dio otro paso que la llevará cerca de alcanzar su meta. Tiene un techo donde vivir. Ha tenido suerte, los inspectores del Departamento de Enfrentamiento a las Ilegalidades, de la Dirección Municipal de la Vivienda, no han detectado la construcción ilegal. Si llegaran a descubrirla, el órgano estatal de oficio, iniciaría un procedimiento administrativo, regulado en el decreto Ley 227, y perdería lo construído.

Esmelina está consciente de que para llegar a ser propietaria, no sólo necesita dinero para los materiales, si no también para pagarle a un abogado especialista en problemas de vivienda, quien por ’la izquierda’ le arregle los papeles. De lo contrario, corre el riesgo de perderlo todo, o quedarse como arrendataria de lo que edificó, con el sudor de su trabajo.

Le pide a sus santos que demore la visita de los inspectores, hasta que termine su construcción y reúna lo suficiente para realizar el plan concebido. Mientras, ya dio el siguiente paso: trajo a la menor de sus tres hijas y a una nieta desde Santiago de Cuba.

Es aquí donde comienzan los obstáculos en la carrera por alcanzar sus sueños. Intenta matricular a la pequeña en la escuela, pero el centro le exige el cambio de dirección. Esmelina construye con esfuerzo propio una casa, pero todavía es ilegal. Y como no es propietaria, no puede solicitar a la Dirección Municipal de la Vivienda su consentimiento para que su nieta, nacida en otra provincia, pueda vivir y estudiar en la capital.

Es el primer requisito que exige el Decreto-Ley 217 de 22 de abril de 1997, que establece las “Regulaciones Migratorias Internas para la Ciudad de La Habana”. Dicha disposición prohíbe a los cubanos, proveniente de otros territorios del país, residir, domiciliarse o convivir con carácter permanente en la capital, sin autorización.

La señora Carreño debe, además, pedir permiso al Presidente del Consejo de Administración del territorio, para que su hija y nieta convivan junto con ella. Y también presentar un documento expedido por la Dirección Municipal de Arquitectura y Urbanismo, que certifique que la vivienda cumple las condiciones mínimas de habitabilidad y que cada conviviente tiene 10 metros cuadrados de superficie techada.

Esmelina sabe bien cómo es el procedimiento, su hermano tuvo que realizarlo para que ella pudiera residir sin problemas en la capital. Sabe que es engorroso y agotador. Al verse entre la espada y la pared, decidió ofrecerle 500 pesos (25 dólares) a su hermano, para que le hiciera el favor de tramitárselo. Mientras, ha resuelto un ‘tránsito’ (permiso) por tres meses, para que la niña comience a recibir las clases.

Su nieta tiene 8 años y es una alumna aplicada. Acaba de llegar de la escuela y le pide a su abuela que le ayude a hacer la tarea de Educación Cívica que le puso la maestra. Para realizarla, es necesario consultar la Constitución de la República. Esmelina Carreño nunca antes había visto ese folleto ni leído esa ley. Empieza a leer y se va deteniendo en párrafos que le provocan dudas.

… “El Estado como poder del pueblo, en servicio del propio pueblo garantiza; que no haya hombre o mujer, en condiciones de trabajar, que no tenga oportunidad de obtener un empleo con el cual pueda contribuir a los fines de la sociedad y a la satisfacción de sus propias necesidades…. que no haya joven que no tenga oportunidad de estudiar…”

Olvida que tiene que ayudar a su nieta. Y se pregunta a sí misma ¿por qué, por no tener reconocida la residencia en la capital, a mi hija, ningún centro laboral o educacional la acepta?
Continúa leyendo: “…que no haya enfermo que no tenga atención médica; que no haya niño que no tenga escuela, alimentación y vestido…”
Vuelve a meditar: mi nieta padece una alergia severa en la piel y recibe atención médica, pero los medicamentos recetados para tratarla, no se lo expiden en la farmacia porque no puede acreditar su residencia en el territorio. La escuela tampoco aceptaba su ingreso por el mismo motivo ¿entonces de qué derechos me hablan?

En otro párrafo dicen: “…El Estado trabaja por lograr que no haya familia que no tenga una vivienda con­fortable…”.

Ahora comenta en voz alta.

-Entonces, por qué, si edifiqué mi casa con mi esfuerzo, sin ayuda del Estado, corro el riesgo de que me la quiten?

Por último, lee “que…todos todos los ciudadanos gozan de iguales derechos y están sujetos a iguales deberes…, que…la discriminación por motivo de raza origen y cualquier otra lesiva a la digni­dad humana está proscrita y es sancionada por la ley…que el Estado consagra el derecho conquistado por la Revolución de que los ciudadanos, se domicilian en cualquier sector, zona o barrio de las ciudades y se alojan en cualquier hotel…”.

Cerró el folleto que por fuera dice Constitución de la República de Cuba. Ya no deseaba leer más. No obstante, se hizo la última pregunta ¿qué culpa tengo yo, y mi familia, de no haber nacido en Ciudad de la Habana? Acababa de descubrir una triste verdad. Nada de lo que decía aquella ley, se correspondía con lo que estaba viviendo.

Una gran mentira. Un papel le decía, que la Revolución le garantizaba derechos, pero por otra parte, le ponía trabas que le impedían vivir como persona. Antes no pensaba en eso, veía a su existencia desde una óptica diferente. Y se da cuenta de que por muchas dificultades que tenga que sortear para materializar sus sueños, puede tropezar con grandes obstáculos legales. Y sortearlos, demoraría una eternidad o en la práctica se volverían irrealizables.

Esa tarde, Esmelina comprendió que la Constitución de su país es letra muerta. Y si no la hacen cumplir, puede parar en la basura.

Laritza Diversent

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